Destinos - Peregrinaciones

Corinto

EL QUE VIAJA SIEMPRE LLEGA A SU FIN, EL QUE PEREGRINA VUELVE A COMENZAR

Conoce un poco más sobre este destino

Después de predicar en  Atenas, Pablo viajó solo hacia el oeste, a Corinto.  Allí se puso en contacto con Aquila y Priscila, judíos que habían llegado hacía poco de Italia, después del decreto del emperador Claudio que expulsaba de Roma a todos los judíos. Como también eran fabricantes de tiendas, Pablo se alojó con ellos y trabajó en su oficio. Muy probablemente el apóstol llegó allí a comienzos del 51 d.C. permaneciendo más de un año y medio (Hch. 18:11, 18).  

Al comienzo predicó a los judíos en la sinagoga, como era su práctica al entrar en una ciudad nueva.  Sin embargo, una vez más, cuando la mayoría de los judíos se opuso y lo injurió, se apartó de ellos y comenzó a predicar a los gentiles “en una casa contigua cuyo dueño adoraba a Dios”.  

El evangelio produjo mucho fruto en esa ciudad, y entre los conversos estaba el dirigente de la sinagoga. Por fin, la persecución comenzó también a amenazarles en Corinto.  Sus enemigos judíos lo acusaron ante Galión, el procónsul de Acaya, de enseñar una religión no legalmente reconocida por Roma.  Sin embargo, Galión echó a los acusadores, rehusando inmiscuirse en un caso que él consideraba una disputa sobre la ley judía y no la ley romana. Después de un período no definido de tiempo, durante el cual parece pudo predicó sin oposición Pablo se embarcó hacia Siria, acompañado por Aquila y Priscila (Hch. 18:18).  

Cualesquier que mire un mapa de Grecia verá que el país está formado principalmente por una gran península y, más hacia el sur, por lo que parece ser una enorme isla. Pero si se fija mejor, se dará cuenta de que ambas partes están unidas por lo que se conoce como el istmo de Corinto. Esta estrecha franja de tierra —de unos seis kilómetros de ancho en su punto más estrecho— une la región más grande al norte con la península del Peloponeso al sur.

Este importante istmo también ha sido comparado a un puente en el mar. A un lado tiene el golfo Sarónico (o golfo de Egina), que conduce al mar Egeo y al Mediterráneo oriental, mientras que al otro está el golfo de Corinto, que da paso al mar Jónico, al Adriático y al Mediterráneo occidental. Y allí, en medio de todo, se encontraba la ciudad de Corinto famosa en el mundo antiguo por su prosperidad, lujos y libertinaje.

 A los corintios les escribe Pablo enseñándoles cómo es el amor cristiano:

"Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. 

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”. 

Corintios 13, 1-13

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